Si enumerara las razones bizarras o medio absurdas por las que no tengo antipatía, sino más bien todo lo contrario, por la nueva ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, diría que porque es filóloga, tiene casi mi misma edad, es independiente (no milita en ningún partido) y ha escrito muchos guiones para el cine y la televisión. Esto último la hace más cercana a la cultura que algunos medios encuadran dentro el epígrafe ‘espectáculos’ que de esa otra cultura más añeja y con ‘pedigree’ del mundo de los libros o las artes plásticas. Conste que soy un enamorado de los libros y aún más de la cultura de la imagen, ya sea pictórica, escultórica o del diseño. Lo cual no quita que prefiera como ministra una persona pegada a la cultura del ocio, por entender que esto puede hacerla más consciente y preparada ante los retos que plantea el futuro.

Aún más tonto es que sienta una cierta corriente de simpatía hacia alguien a quien muchos han decidido amputar su apellido, dejando el González-Sinde en un solitario a la vez que absurdo Sinde. Solo sea en recuerdo de su padre, productor de cine de trayectoria impecable, me daña la visión cada vez que leo lo de Sinde.

Si voy al fondo de la cuestión, me encuentro con que la reacción contra la ministra se produce no solamente antes de que haya dicho esta boca es mía, sino que incluso ni siquiera había tomado posesión de su cargo. No reclamo periodo de cortesía alguno a nadie ni para nadie, pero yo personalmente prefiero guardar esa elemental norma. Ya sé que la ministra tiene un pasado (todos lo tenemos) y ahí está su problema, pero deberíamos tener en cuenta que sus palabras como representante de una industria son pronunciadas en virtud de su cargo. El jefe de la patronal de empresarios está obligado a defender unas cosas que probablemente no aplicaría si tuviera la responsabilidad de representar a todos los ciudadanos. Cada uno barre para su casa, eso está claro. No se trata de cambiar de ideología o de principios, simplemente que cada cargo requiere una sensibilización de diferente género.

Entiendo que haya suspicacias por el hecho de que asuma el cargo de ministra alguien que deja un cargo en una industria determinada, lo cual provoca el comentario de que estamos ante un posible ‘conflicto de intereses’. Discutía hace unos días en facebook con Enrique Dans sobre esto, y discrepábamos sobre que el ministro saliente (Cesar Antonio Molina) podía también tender a beneficiar a otras industrias, a saber la del libro o las empresas editoras de medios de comunicación, al ser escritor y periodista. Aceptando que hay serias diferencias, pues este nunca representó directamente a ninguna de estas industrias, me parece injusto que se hable en estos términos de la ministra de Cultura y no recuerde semejante reacción ante casos anteriores aún más flagrantes.

A ver, ¿dónde estaban los 20.000 -o más- del grupo anti-Sinde de facebook cuando Aznar nombró ministra de Ciencia y Tecnología a Ana Birulés? Tengamos en cuenta que ese ministerio asumía las competencias en Telecomunicaciones, y aquella ministra abandonaba su puesto de Directora General (ella exigía que se pusiera Director General) de Retevisión. En aquel entonces ese operador de telecomunicaciones tenía actividad en el sector de la telefonía móvil, fija e internet. O sea, que mayor conflicto de intereses no podría haber.

No alcanzo a comprender por qué merece González-Sinde este trato, no dispensado en el pasado a personas que fueron ministros viniendo igualmente del sector privado, incluso de empresas sobre las que en su nuevo cargo tendrían que tomar importantes decisiones. No es necesario que los ministros sean especialistas en sus áreas correspondientes, el caso del ministro de Sanidad saliente (un médico) es excepcional aparte de tratarse de una figura destacada en el mundo de la investigación. Pero sí está claro que alguien que conozca los problemas de un sector está más preparado para acometer reformas que ayuden a paliarlos, al menos a priori.

La otra gran objeción por la que se llega a pedir la recusación de la ministra (trámite baldío donde los haya) es que ha defendido, incluso tras su nombramiento, cierto control sobre contenidos en Internet. Ahí se equivoca, pero también es cierto que ha hablado de conversar con todas las partes, ha reconocido que todos somos internautas y se le está viendo una intención más dialogante que imperativa. Pero esto tampoco vale, y cuando la ministra pide tranquilidad se le contesta de forma un tanto desmedida con el típico “yo estoy muy tranquilo” que dicen envalentonados los que mantienen una disputa violenta, dando muestras de justo lo contrario.

Aunque, sobre todo, nunca he dado la importancia que ahora muchos parecen darle a ese ministerio. Es un ministerio desplumado y desnaturalizado, privado de competencias tras haber sido cedidas a las comunidades autónomas y con muy poco margen para desarrollar una auténtica política cultural. Además, si se trata de amenazas a la independencia de Internet o el derecho del ciudadano al acceso a la información, está claro que es mucho más importante lo que venga a decir el ministro de Industria, Miguel Sebastian. Por si quedaba alguna duda al respecto estas han sido sus palabras, pronunciadas exactamente ayer, al terminar la tercera reunión del ‘Pleno de la Comisión Intersectorial del Plan de Acción contra la Piratería’ (vía Alt1040):

No aplicaremos restricción ni regulación alguna que impida la expansión o desincentive el uso de Internet ni estableceremos límites a las herramientas de libre circulación de información. Esa libertad ha sido y es la clave de la red de redes, de su crecimiento y de su popularidad.

Pues está claro.

Lo que más gracia me hace es la crítica a González-Sinde por ser guionista de la película ‘Mentiras y gordas’. Dicen que es un producto comercial y no sé qué. Cómo si el cine no fuera una industria. A mi me encanta imaginar a Almodóvar chinado porque ese producto para adolescentes, lleno de fugaces estrellas televisivas, haya dado un buen meneo a su última película el primer fin de semana que estaban ambos filmes en cartelera. Necesitamos guionistas como ella y directores que mantengan el negocio llenando las salas de cine de nuestro país. Enhorabuena por ello, ministra. Y mucha suerte.