Dedicarte unas tristes palabras, a ti, que has tejido las más hermosas, es sólo una sandez propia de un imbécil como yo.
Creerme capaz de firmarte un epitafio en mi memoria, es un puro atrevimiento que no merece más que pasar página.
Sin embargo, es media noche, peino casi los cuarenta, me invade el silencio y pienso en ti. Delgado, roto en el alma por aquella Marga que se fue y te dejó ya sin motivo para apartar la mirada del vacÃo.
Hace mucho que no te escucho ya y sólo vivo de tus recuerdos. Me duele enfrentarme a una realidad que no quiero ni saber. Me acojona volver a escuchar tu azul. Me mata el miedo de pensar que no hay salida. Sé que la hay y que el futuro es una promesa de esperanza que no dejaré escapar. Por eso seguiré convenciéndome a mà mismo de que es sólo una leyenda urbana la que cuenta que alguna de tus canciones no es una bella historia de amor a una mujer de dulce carne y frágiles huesos.
PodrÃa recordar ahora una docena de tus letras que me llenaron el alma. Desde las más conocidas, hasta las más oscuras y escondidas entre los surcos. Nuca escribiré ni un millón de folios que vagan por una de tus lÃneas, pero por culpa de tipos como tú (que se cuentan con los dedos de una mano), un dÃa comencé a emborronar cuadernos, tratando de dar forma a algo, para convertirme al final en un aprendiz de nada.
No hace falta más palabrerÃa estúpida, incapaz de definir la magia de tu voz apagada y casi ausente, de esa poesÃa que nadie como tú ha engarzado con la música.
Dejo una de tantas, quizás (seguro) escogida porque un pirata un dÃa la busco entre las que poblaban un karaoke en un lugar apartado del mundo.
Descansa en paz, dulce prÃncipe.
(Espero que me perdones, amigo. HacÃa dÃas que no entraba y no habÃa visto la tuya hasta hace un momento).