Hace veintitrés años, yo lloraba desde mi casa porque en Sevilla once tíos perdían la primera final de mi vida.

Hoy llego a Sevilla, a emborracharme y a que el puto destino nos devuelva lo que nos debe, con media docena de chavales de una Masía, cuatro negros, un argentino enano que se vistió de humano para jugar al fútbol y un tipo de Albacete que me pone la piel de gallina.

Y será en Roma, donde los héroes se convierten en dioses, donde se escriben con sangre las putas leyendas.

Nada puede salir mal. Ya está escrito en el azul del cielo y en el rojo y dorado de las llamas del infierno.