Anoche tuve el placer de ver a Hermida en la 1 de TVE. No tengo la televisión pública (ni esa ni la autonómica de Madrid) en mis zapping, por lo cual debo agradecer haberme enterado de que hacÃan ese programa por alguna página de Internet. No puedo ocultar que Jesús Hermida es uno de mis mitos televisivos, pero no solamente eso. Le escuché en la radio durante las temporadas que hacÃa las mañanas de Antena 3, posiblemente el mejor formato radiofónico que he escuchado nunca. Tanto en televisión como en radio, o incluso escribiendo una breve columna en el viejo Diario 16, Hermida me ha gustado siempre.
El programa radiofónico que menciono ocupaba las mañanas con un esquema único no repetido después. Iba en tramos de quince minutos, alternativamente de emisión en cadena y local. Es decir, los primeros quince minutos de cada hora eran de Hermida para toda la cadena de radio, los siguientes se emitÃan en cada emisora para su ámbito local, desde la media iba otro bloque de Hermida y el último cuarto volvÃa a ser local. Hay quien dirÃa que en un cuarto de hora no da tiempo a nada, pero ya lo creo que daba.
El ritmo del programa era trepidante a pesar del hablar pausado del periodista. Llegó a prescindir de Alfonso Arús, que era el chico del programa en Barcelona, porque hablaba demasiado deprisa. El ritmo estaba en los fragmentos en que se servÃan los contenidos, que obligaban a no hacer una entrevista (por poner un ejemplo) de más de quince minutos. No se trataba de profundizar, no era el objeto de un programa matinal, sino de no perder el ritmo. Lo más gracioso era cuando Hermida aparecÃa en una de las emisiones locales, saludando al locutor de la misma para su sorpresa y la de los oyentes.
Antes de este fantástico experimento radiofónico Jesús Hermida se habÃa hecho cargo de Hora 0, el informativo nocturno de la misma cadena de radio. En lugar de llenar minutos con una tertulia polÃtica, como hacÃan la mayorÃa, se empeñó en darle calidad al espacio, encargando un reportaje diario a algunos de sus colaboradores. Entre ellos, habÃa elegido a Juan Luis Cano y Guillermo Fesser, más conocidos como Gomaespuma.
Aún recuerdo una crónica de Fesser desde un poblado gitano de Madrid, o el reportaje en el que se convertÃa todo en cifras. La genialidad del periodista onubense quiso convertir en reporteros a dos humoristas, demostrando que no solamente eran periodistas sino que podÃan llegar a ser incluso más sorprendentes que él mismo. Añoro a Hermida en la radio, su tono pausado y su media voz llena de sentimiento, transmisor de humanidad y cercanÃa.
También admiré al Hermida televisivo, tantas veces imitado. Nunca le reconocà en imitaciones tan exageradas, que contribuyeron a hacerle un personaje muy conocido. Aunque su prolongada estancia en Nueva York, como corresponsal de Televisión Española, ya habÃan ayudado a ello. Era la voz de América en España, y no hubiera sido el mismo de no haber pasado por el aprendizaje tan singular de aquel momento en ese paÃs.
Precisamente Fesser, del que antes hablaba, me descubrió el otro dÃa algún aspecto de Hermida que desconocÃa, relacionado con otro gran personaje de la comunicación, el hombre más importante en la historia de la televisión americana, fallecido la pasada semana: Walter Cronkite. Copio en extenso párrafos del artÃculo escrito por Fesser para El PaÃs, que consiguieron emocionarme el otro dÃa:
El tÃo Walter se habÃa alzado en representante de las clases medias, y a las siete de la tarde congregaba a 70 millones de norteamericanos frente a la mosca de la CBS. Aparte de la honestidad de hierro que le mantuvo durante décadas en la mayor cota de credibilidad de EE UU, Cronkite tenÃa un estilo diferente que atraÃa hacia sà a las masas, y Hermida se propuso descifrarlo.
Primero le pilló el ritmo. El astro de la Columbia Broadcasting System se dirigÃa a cámara a una velocidad de 124 palabras por minuto; muy despacio, si se compara con los 165 vocablos que utilizamos en el transcurso de una conversación. El corresponsal aprendió a ralentizar su narración hasta conseguir la expresión pausada que le hizo tan popular en España. Se trataba de podar el idioma. De entresacar con pinzas palabras de las frases y decir lo mismo con menos letras. Cómo quien le narra un cuento a su hija en la cama. Dando la impresión de que cada cosa que va a contarse viene envuelta en misterio.
Luego le pilló la utilización de coletillas. Las frases que repetÃa Cronkite en el informativo quedaban flotando en el inconsciente colectivo y, como las tiras amarillas para cazar moscas, atrapaban irremediablemente a la audiencia. El de Misuri, por ejemplo, terminaba siempre con la misma sentencia: “And that’s the way it is”. Despedida que hizo suya Ernesto Sáenz de Buruaga en los informativos de Antena 3 Televisión, “asà son las cosas y asà se las hemos contado”, en la etapa en que, curiosamente, Hermida mandaba en la casa.
Lo que este hijo de un fogonero gallego y una humilde ama de casa andaluza no se trajo de Cronkite fue su tono amable pero no paternalista, su extremada sensibilidad puesta en lo más mÃnimo. Hasta dando la hora era delicado. Es delicado. Y ya me gustarÃa que lo pudiera ser por mucho tiempo, ya fuera en radio o televisión. Como he escuchado a Andreu Buenafuente decir alguna vez, a Hermida tampoco le gustaba molestar, lo cual era una tranquilidad para sus invitados. Aunque, a diferencia de aquel, sà le he visto revelarse contra todo y contra todos. En directo, sin guión aparente, logrando el mejor momento televisivo del que he sido testigo.
En esto también terminaron convergiendo Cronkite y Hermida. El primero fue azote de las polÃticas americanas imperialistas y guerreras. Desde su escrupulosa independencia del poder, el anchorman estadounidense consiguió cambiar la opinión pública mayoritariamente favorable a la guerra de Vietnam. Años más tarde, la primera guerra de Iraq (la de Bush padre) le revolvió en su atalaya de jubilado, como cuenta MartÃnez Soler:
Bush I estableció en Irak una férrea censura, incluyó y vigiló a los periodistas (“incrustados”, se decÃa entonces) dentro de unidades armadas. Pero no sólo limitó la libertad de movimientos y de información de los periodistas sino que les “facilitó” su labor ofreciéndoles noticias e imágenes falsas de la guerra o de otras guerras. La imagen más soprendente, suministrada por las televisiones norteamericanas a todo el mundo, fue la de unos pobres cormoranes ennegrecidos, completamente cubiertos de petróleo crudo, tratando de volar sin éxito, con sus alas pegadas al cuerpo con crudo. Pronto se descubrió que esas imágenes no correspondÃan a la guerra de Irak ni ese petróleo era el derramado por Sadam Hussein en Kuwait sino que eran muy viejas y procedÃan del hundimiento de un petrolero en las lejanas costas -creo recordar- de Alaska.
Walter Cronkite, ya jubilado de su célebre telediario (“The CBS Evening News”) pero considerado aún “la voz de la verdad” y el periodista más fiable de AmérÃca, montó en cólera y pidió testificar ante el Senado contra la polÃtica informativa del Gobierno Bush. Su comparecencia televisada ante el Senado marcó un hito en la historia del periodismo y de la presidencia de Bush padre. Cronkite conoció a todos los presidentes desde Hoover y tuvo diferente trato y diferentes conflictos con ellos.
Pues bien, Hermida no pudo más una noche y en su informativo de trasnoche, especialmente habilitado desde el comienzo de la guerra de Iraq, hizo un alto en el camino para decir que estaba asqueado y se consideraba una marioneta hablando de una guerra falseada, en la que la información brillaba por su ausencia. No entrecomillo porque no puedo transcribir sus palabras, que guardo solamente en mi memoria, pero dijo algo asà como que nos estaban engañando, que esto era una farsa indecente y vergonzosa. El tono de Hermida era tan pausado como siempre, del mismo modo que conservaba esa tensión amable a la vez que sentida. Un susurro firme e intenso. Todo esto es lo que le da eso que se llama credibilidad, palabra mÃtica en el mundo de la comunicación.
Esto solo lo puede conseguir un lunático. El hombre que llegó a la luna junto a los tres astronautas americanos: “Armstrong, Aldrin, Hermida y Collins”, como dice Fesser. A pesar de tantos esfuerzos es muy difÃcil imitar a Hermida. Y, peor (o mejor) aún, es imposible alcanzarle.
Anoche nos recordó aquello que muchos apenas vivimos porque eramos casi bebés y otros muchos ni siquiera habÃan nacido: la llegada del hombre a la luna, hace hoy cuarenta años. Fue un programa ejemplar, a pesar de algunos datos faltos de rigor (dudo mucho que la nave Columbia se llamase asà en honor al descubridor de América). Pero, sobre todo, me regaló un rato más con Hermida, ahora que no habÃa pensado se fuera a repetir. Y encima terminó citando a Salinas, otro lunático, mi poeta preferido.
Para mi próximo (muy próximo) cumpleaños me voy a pedir un programa de Hermida. Me da igual donde sea. A ver si tengo suerte.